En el cerro San Pedro Nolasco, a poco más de 3.200 metros sobre el nivel del mar en el sector de El Ingenio, existen vetas de roca cruzadas por minerales que llevan siglos siendo extraídos. La minería colonial en el Cajón del Maipo comienza aquí, en 1692, cuando el español Pedro Ruiz de Aguirre anunció el hallazgo ante las autoridades de la Corona y obtuvo autorización para explotar el yacimiento. Era la primera mina de plata de Chile.
Antecedentes prehispánicos y primer siglo de extracción
Los Chiquillanes, pueblo que habitaba estas quebradas cordilleranas antes de la conquista española, ya extraían oro, plata y cobre de manera artesanal en la zona. Sobre esa tradición se instaló, después de 1700, el complejo minero San Pedro Nolasco. No fue la fundación de una empresa organizada sino la acumulación progresiva de campamentos y faenas parciales. La veta era visible a la superficie; bastaba seguirla con los instrumentos disponibles: barretas, pólvora y velas.
Adentro de la mina trabajaban los llamados “barreteros”, que abrían el camino de la veta mediante tiros de pólvora. El mineral extraído era cargado por los “apires”, peones que subían desde las galerías con canastos de cuero llamados “capachos” a la espalda, con hasta ochenta kilos de mineral. Una vez en la superficie, el material se cargaba en mulas y bajaba por la cordillera hasta San Francisco de Mostazal. Los minerales seleccionados llegaban a leyes de 15 a 20 kilogramos de plata por tonelada.
Antes de salir del Cajón, la plata y el cobre debían procesarse. Los minerales de cobre se fundían en instalaciones llamadas “ingenios” o haciendas de beneficio, mediante hornos de manga o fuelles. La plata, en cambio, se extraía con “trapiches”, equipos hidráulicos capaces de moler el material hasta separar el metal. El nombre de la localidad de El Ingenio, a pocos kilómetros del yacimiento, viene precisamente de esas instalaciones de procesamiento.
La mina llegó a concentrar hasta 500 trabajadores simultáneos en tres yacimientos distintos, lo que la hizo conocida como “El Potosí chileno”, en referencia a los grandes depósitos bolivianos de plata.
La fundación de San José de Maipo como consecuencia directa
Toda esa actividad generaba un problema para la Corona: los mineros comerciaban el mineral con privados, sin tributar al reino. Vivían dispersos por el sector, sin control ni registro. El 16 de julio de 1792, el gobernador Ambrosio O’Higgins, por mandato del rey Carlos IV, fundó la Villa San José de Maipo. El propósito era explícito: asentar a mineros y arrieros, establecer un punto de control fiscal y ordenar el comercio de la plata.
El trazado siguió el esquema de damero instruido por la Junta de Poblaciones de la Corona: 27 manzanas de 84 metros por lado, cortadas por nueve calles de sur a norte y cuatro de este a oeste, con plaza de armas al centro. En 1793 se distribuyeron 104 solares. Los dos primeros fueron asignados al padre José Santos Arambulo para erigir la iglesia frente a la plaza, edificio que aún existe como Monumento Histórico Nacional.
Declive del yacimiento y vestigios territoriales
La plata de San Pedro Nolasco no desapareció de golpe. Alrededor de 1840, el científico Ignacio Domeyko visitó el sector y encontró familias que aún explotaban los piques, aunque con crecientes dificultades. Las galerías comenzaron a inundarse y la tecnología disponible no era suficiente para drenarlas. Desde 1811, el descubrimiento de yacimientos más ricos en el norte de Chile fue desplazando la atención de los inversores y de la Corona. El yacimiento fue perdiendo relevancia hasta entrar en un olvido casi total.
San José de Maipo, el pueblo que la mina originó, conserva hoy los vestigios más visibles de esa historia: el trazado en damero de su centro histórico, declarado Zona Típica en 2010, y la iglesia que se construyó sobre los primeros solares asignados en 1793. La ubicación exacta de las minas, en cambio, sigue siendo incierta: el sitio está en terreno privado y requiere una cabalgata de cinco horas desde El Ingenio para llegar.